Persona contemplando el horizonte desde un mirador, ilustración sobre el propósito de vida y la intuición

Propósito de vida: ¿qué significa realmente ser uno mismo?

Cuando hablamos de propósito de vida, es fácil imaginar que existe algo concreto que hemos venido a hacer y que nuestra tarea consiste en descubrirlo: una profesión, una vocación o una misión especial que dará sentido a nuestra existencia.

Pero quizá el propósito empiece bastante antes.

Antes de preguntarnos qué hemos venido a hacer, podríamos preguntarnos algo más sencillo: ¿estamos viviendo realmente desde quienes somos?

Porque resulta difícil reconocer nuestra propia dirección cuando llevamos años intentando ser aquello que hemos aprendido que deberíamos ser.

¿Qué significa ser uno mismo?

Desde que nacemos comenzamos a recibir información. Nuestra familia nos transmite su manera de entender el mundo. Después llegan la escuela, la cultura, las relaciones, los profesores, las experiencias, los éxitos y los fracasos.

Vamos aprendiendo qué está bien y qué está mal, qué se espera de nosotros, qué significa triunfar, qué debemos temer e incluso qué necesitamos hacer para sentirnos queridos, aceptados o reconocidos.

Toda esa información forma parte de nuestro aprendizaje, pero también puede llegar un momento en el que resulte difícil distinguir qué pertenece realmente a nosotros y qué hemos incorporado de los demás.

Desde la perspectiva con la que trabajamos en el Método MHA, algunas de nuestras respuestas pueden proceder de programas adquiridos, experiencias anteriores o mecanismos de adaptación y supervivencia.

Por eso, ser uno mismo no significa construir una nueva identidad. A veces significa justamente lo contrario: dejar de identificarnos con aquello que no somos.

A veces necesitamos quitar antes que añadir

Vivimos rodeados de mensajes que nos invitan a convertirnos en una versión mejorada de nosotros mismos: más seguros, más productivos, más exitosos, más disciplinados.

Pero una parte del camino puede consistir simplemente en retirar aquello que interfiere.

El miedo, la comparación, la necesidad de aprobación, las expectativas ajenas, las experiencias anteriores o antiguas respuestas de supervivencia pueden condicionar nuestras elecciones sin que seamos conscientes de ello.

Cuando disminuye ese ruido, podemos empezar a percibir algo mucho más sutil: nuestra propia referencia interna.

Y desde ahí resulta más sencillo reconocer nuestra dirección.

El propósito de vida no siempre es una profesión

Uno de los errores habituales es identificar el propósito de vida con la profesión.

Nuestra profesión puede ser una forma de expresar nuestro propósito, pero no necesariamente es el propósito en sí.

Podemos expresarlo creando, aprendiendo, enseñando, cuidando, acompañando, investigando, comunicando o relacionándonos con el mundo de una determinada manera.

Además, esa expresión puede cambiar a lo largo de nuestra vida.

Quizá no exista una única misión que tengamos que descubrir para siempre, sino una dirección esencial que puede adoptar diferentes formas a medida que nosotros también evolucionamos.

Podemos cambiar de profesión, de ciudad, de relaciones o de proyectos y continuar siendo fieles a una misma dirección interior.

Cuando la supervivencia toma las decisiones

Nuestros programas de supervivencia buscan fundamentalmente seguridad. Intentan evitar el riesgo, el rechazo, la pérdida y la incertidumbre.

Y esto es necesario cuando existe un peligro real.

El problema aparece cuando estos programas continúan dirigiendo nuestras decisiones aunque ya no exista una amenaza.

Podemos permanecer en situaciones que ya no queremos simplemente porque son conocidas. Podemos renunciar a oportunidades por miedo a equivocarnos o elegir aquello que proporciona seguridad aunque sintamos profundamente que nuestra dirección es otra.

No se trata de actuar impulsivamente ni de rechazar la seguridad. Se trata de aprender a diferenciar una elección propia de una respuesta condicionada por el miedo.

La intuición: otra forma de orientarnos

Estamos acostumbrados a intentar resolver nuestra vida pensando. Analizamos ventajas e inconvenientes, buscamos explicaciones y queremos garantías antes de decidir.

Pero no toda la información que utilizamos para orientarnos procede del pensamiento. El cuerpo también participa.

Hay decisiones que producen una sensación difícil de explicar: apertura, ligereza, energía, curiosidad o alegría. Algo dentro de nosotros parece decir sí antes de que la mente haya terminado de comprender por qué.

Otras posibilidades, aunque racionalmente parezcan perfectas, producen una sensación interna de que algo no encaja.

Esto no significa que cualquier sensación corporal nos indique automáticamente qué debemos hacer. El miedo también se siente en el cuerpo y lo conocido puede proporcionarnos tranquilidad simplemente porque nos resulta familiar.

Por eso es importante aprender a diferenciar intuición, miedo, deseo y programas de supervivencia.

Una elección puede darnos miedo y, al mismo tiempo, despertar una profunda sensación de entusiasmo o alegría.

La intuición no siempre nos señala el camino más cómodo. A veces simplemente nos permite percibir una dirección.

Potenciar nuestra intuición

En el Método MHA se enseña a potenciar la intuición y nuestra capacidad de percepción, para reconocer con mayor claridad qué elecciones son las más acertadas y precisas para nuestra experiencia.

Cuanto menos interfieren el miedo, las expectativas y los programas aprendidos, más fácil puede resultar escuchar esa referencia interna.

Aprendemos a percibir qué sí y qué no, cuándo actuar y cuándo esperar, cuándo permanecer y cuándo cambiar de dirección.

No se trata de conocer de antemano todo lo que sucederá, sino de desarrollar nuestra capacidad para reconocer aquello que sentimos coherente con nosotros y con la experiencia que queremos vivir.

Volver a nosotros

Ser uno mismo no significa permanecer siempre igual. Podemos cambiar, aprender y evolucionar profundamente sin dejar de reconocernos.

Quizá el propósito de vida no sea una respuesta que tengamos que encontrar pensando cada vez más, sino una dirección que vamos reconociendo mientras caminamos.

Cuando aprendemos a distinguir nuestra propia referencia del miedo, las expectativas y los programas adquiridos, empezamos a tomar decisiones desde un lugar diferente.

A veces la mente tarda en comprender una elección. El cuerpo, la alegría y nuestra intuición quizá ya habían empezado a mostrarnos el camino.

Si quieres explorar este enfoque de forma acompañada, puedes conocer los programas MHA o contactar con Rosa para valorar qué propuesta encaja con tu momento.

Rosa Navarro

Publicaciones Similares

2 comentarios

    1. Muchas gracias, Javier. Precisamente esa era mi intención: abrir un poco la mirada sobre el propósito de vida y alejarnos de la idea de que tiene que ser algo predeterminado que debemos encontrar. Quizá tenga mucho más que ver con aprender a escucharnos y permitir que nuestro propio camino se vaya mostrando. Un abrazo

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *